Símbolos de la identidad de Caracas del valle al mar, arquitectura, cultura y paisaje

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Propatria – Palo Verde, una y otra vez


En el marco del mes del aniversario fundacional de Caracas, Ciudad Evolutiva se propone establecer diálogos entre arquitectura, paisaje y cultura en torno a los símbolos y la identidad de la capital. En esta ocasión, tenemos la dicha de presentar el ensayo “Propatria – Palo Verde, una y otra vez” de Manuel Vásquez-Ortega en el que el arquitecto e investigador nos propone una visión sensible de la capital encontrando en la memoria el instrumento ideal para discernir entre las tinieblas que, a veces, parecen nublar los caminos de la ciudad.

En este texto inédito, escrito en 2018, antes de las últimas conmociones que atraviesan el mundo, Venezuela y Caracas; Manuel nos propone una reflexión sobre el tiempo y la ciudad. El autor asienta en el recorrido del transporte capitalino: Propatria – Palo Verde, una metáfora del ritmo de la ciudad, un tempo según el cual los ciclos históricos de Caracas parecen repetirse irremediablemente.

Manuel Vásquez-Ortega es un arquitecto e investigador egresado de la Universidad de Los Andes (ULA), donde es actualmente profesor del Departamento de Materias Históricas y Humanísticas. Se desempeña igualmente como escritor en diversos medios venezolanos y coordinador de la plataforma de difusión artística Espacio proyecto Libertad con base en la ciudad de Mérida.

Su investigación abarca diversas temáticas de la condición contemporánea extendiéndose de las artes a la política, la ciudad y su arquitectura. Su agudo enfoque encuentra en la historia la substancia privilegiada de narrativas originales y articulaciones inéditas, solicitando la memoria para entender el presente.

Los trabajo de Vásquez-Ortega lo han conducido a presentar su trabajo en distintos Salones y exposiciones colectivas tales como el Ier. Salón “Arte y Sociedad” (Centro Cultural B.O.D. / Goethe Institute, 2018), 20º Salón Jóvenes con FIA (Museo de Arte contemporáneo del Zulia Maczul, Maracaibo, 2017), 13º y 15º Salón Nacional de Jóvenes Artistas (Maczul, 2016-2018) y I Salón “Representación contemporánea de la imagen” (IV Festival Méridafoto, Mérida, 2016).

El fruto de su rico repertorio de investigación ha sido publicado en plataformas como el Archivo de Fotografía Urbana, Prodavinci, Artishock, La Organización Nelson Garrido ONG, Tráfico Visual, entre otras publicaciones nacionales e internacionales.

Las fotografías de Azalia Licón ilustran el ensayo “Propatria – Palo Verde, una y otra vez” las imágenes forman parte de la serie « La Gran Solución » que en las palabras de la artista “Busca representar simbólicamente el deterioro y desvanecimiento de un sistema que en otrora fue ejemplo para otros sistemas masivos de transporte en el continente americano y el mundo, y que sirve como reflejo de una república colapsada”.

Azalia Licón es una fotógrafa caraqueña, formada en la Escuela Foto Arte y la Organización Nelson Garrido (Caracas) con estudios de Gestión y Políticas Culturales de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

El trabajo de Azalia se extiende de la fotografía documental a un registro cercano al arte contemporáneo, provistas de un importante « poder evocador » sus fotografías la han llevado a mostrar sus imágenes en diferentes exposiciones colectivas a lo largo de América (Cordoba, Argentina; Nueva York, EE.UU.) y Venezuela (Museo de Arte contemporáneo del Zulia, Maracaibo, Goethe Institut, en el Centro Cultural BOD, entre otras instituciones de la capital venezolana.

Desde el año 2016, Licón dirige los proyectos editoriales Miradas Analógicas y Miradas Reveladas, según la artista: “un espacio alternativo de difusión para fotógrafos y artistas visuales a nivel nacional y regional”.

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Azalia Licón. La Gran Solución: políptico de 16 piezas (17cm x 17cm) / Expuesta en el salón Arte y Sociedad. Jóvenes Creadores Venezolanos 2018.

Propatria – Palo Verde, una y otra vez

Una ciudad que gira sobre sí misma no es por definición obligatoria una ciudad radial, aquella que amurallaba su perímetro y se disponía entorno a un centro. El ensimismamiento tampoco se aplica a ésta, pues parece ser consciente de los problemas que a su alrededor suceden, los vive, los padece, los comparte. Desde el inicio de la Edad Moderna, la tratadística urbana ha hablado de la ciudad radiocéntrica como una forma ideal en la que el hombre es el centro del mundo y a la vez su medida; por otra parte, desde la Antigüedad se encuentra la muralla –más allá de la protección– como una forma de hacer lugar y dar la sensación de pertenecer, de estar dentro de algo. Ambos conceptos (lo concéntrico y la fortaleza) son resultados de la cosmología y la circunstancia de ese entonces, pero ¿cómo se podría entender, hoy, una ciudad que vincula a sus habitantes a un centro sin ser radial, y los ata sin ostentar barreras?

Caracas, ciudad, gira sobre sí misma, se repite sin redundar, se cuestiona. De esta manera, los pensamientos de quienes la viven dan vueltas sobre sus acciones cotidianas o bien sobre sus recuerdos de ellas, mientras desandan una metrópoli sobre pasos que ya han sido dados: huellas de desplazados, colonos, indígenas, campesinos, cafetaleros, empresarios, militares y civiles. Con el tiempo, la urbe frecuenta la errática vocación del destino que le dio forma e imagen –esos aires de heterogénea modernidad truncada– para entrar en una etapa de pausa, con más tinieblas que luces. En medio de ella, y de la penumbra que la envuelve, aparecen dos formas de recorrerla: una, a ciegas, asumiendo la imposibilidad de ver como condición irrevocable, y la otra, como adaptación. Idea última, abordada por Giorgio Agamben en la que se afirma que “todos los tiempos son, para quien lleva a cabo la contemporaneidad, oscuros”, donde quienes logran ver entre la tiniebla son aquellos realmente pertenecientes a su momento histórico.

A más de 450 años de su fundación, quienes viven Caracas han aprendido a ver entre la sombra o a sobrevivir sin paisaje. Así, la sonrisa demente de la época se vira sobre la capital para cuestionar nuevamente su presente, un poco del pasado y otro poco del porvenir; maraña histórica que habla de progreso y fracaso, tradición y olvido, vanguardia y ruina, y todo al mismo tiempo. La tendencia pendular de una ciudad como Caracas, se percibe y se experimenta al transitarla, desde los ínfimos detalles de las tapias que se fusionan a fuerzas con la presencia indomable del concreto, a los tejados rojos adheridos por extrañas y caprichosas formas a brillantes y oscas latas de zinc. Imágenes que evidencian la particular contemporaneidad de nuestros atrasos y la naturaleza equívoca de nuestra actual razón, unida a tiempos que se unen y a la vez se bifurcan:

La razón o la conciencia pasan continuamente de un estado a otro, y es en este tránsito donde podemos encontrar el tiempo, como argumentó en algún momento Borges. Pero, ¿cómo es posible entender el tiempo de la conciencia, en una oscura ciudad en la que los ayeres emergen en el futuro? La oscilación marcada por los momentos de luminosidad y momentos de sombra, sin embargo, no es cuestión reciente: Caracas ya ha sido escenario de promesas incumplidas, de conflictos, de dictaduras, de protestas, de hambre, de proyectos inconclusos, y a su vez, existido como espacio de libertad y evolución, de transformación, meca tropical del progreso y capital moderna de la región, hecho que propicia cuestionar si, el tiempo, “ese problema del que no se puede prescindir”, es para Caracas una condena finita o una condición eterna, pues, ¿cómo puede una urbe en constante transformación física, insistir en errores históricos de un pasado nada lejano, mucho menos ajeno? Asunto que hace cavilar si, el regreso al origen del ciclo coincide con la idea nietzscheana del eterno retorno, en la que “(…) esta vida, tal como tú la vives actualmente, tal como la has vivido, tendrás que revivirla una serie infinita de veces; nada nuevo habrá en ella; al contrario, es preciso que cada dolor y cada alegría, cada pensamiento y cada suspiro vuelvas a pasarlo con la misma secuencia y orden”. 

La idea de un tiempo que gira hasta repetirse ha estado presente en la conciencia del hombre desde la más remota antigüedad, en la que la noción de una existencia cíclica influía ineludiblemente en su forma de actuar, y por ende, en su forma de entender la ciudad. Sin embargo, entre estas civilizaciones devotas de lo invariable, cierta idea griega logra superar la representación de un tiempo que sólo se padece, para ser entendido por éstos como recurso histórico, comprendido ahora como problema y objetivo epistemológico con posibilidades de proyección y pronóstico. Desde esta postura, Tucídides llegó a afirmar que “no es que la historia se repita, es que siempre están presentes los mismos factores”, y serán estos elementos estables, opuestos a la condición fugitiva del tiempo, aquellos encargados de recordarnos que la eternidad “es todos nuestros ayeres, y todos los ayeres de todos los seres conscientes”. 

Si bien la imagen de un incesante vaivén caraqueño se demuestra a lo largo de su historia, toma corporeidad y presencia en la invariable trayectoria de los vagones que, sin pausa, movilizan a las masas de transeúntes dentro de la ciudad que gira sobre sí misma. Así, el Metro de Caracas en su condena o condición perenne de Propatria a Palo Verde e inversamente, de Zoológico a Las Adjuntas, de El Valle a La Rinconada, una y otra vez, nos habla de lo inamovible en el movimiento, de lo fugaz en lo eterno. Y es en los límites difusos de esta contradicción en los que se deja ver la verdadera cara de aquello que no cambia, pues, así como según Heráclito “nadie baja dos veces al mismo río”, en ninguna circunstancia, en ninguna de las líneas y en ninguna de las direcciones, un recorrido en Metro será igual a otro.

Pero entonces, ¿qué sucede en ese misterioso espacio en el que el vagón redirecciona y se devuelve? ¿Qué pasa en la plenitud de la luminiscencia que se ve arrastrada a lo absoluto de su antónimo? La primera respuesta es responsabilidad de un diseño eficiente. La segunda, parece apuntar a que la única forma de romper la oscilación pendular de una vuelta errante a la oscuridad, es la memoria; pues, aunque el tiempo marche en su inmutable naturaleza fugitiva, no pasa enteramente si somos inmunes a sus tinieblas…

En definitiva, tal vez no sea Caracas la ciudad que gira sobre sí misma, quizá solo es la idea del retorno decisivo a la luz la que nos sigue rondando en círculos.

Manuel Vásquez-Ortega

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Azalia Licón. La Gran Solución: políptico de 16 piezas (17cm x 17cm) / Expuesta en el salón Arte y Sociedad. Jóvenes Creadores Venezolanos 2018.